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In memoriam Josep Piera

La Safor, seguramente la comarca valenciana más poética, queda huérfana. Nos ha dejado Josep Piera, Beniopa, 1947. Maestro de varias generaciones y amante de su tierra y de su paisaje, supo convertir en verso esa fuerza que nos une a lo más nuestro. Nos deja en abril, cuando explota el azahar y su olor nos inunda. Cuando en Elca los naranjos cantan con la pureza de una nueva primavera y cuando en La Drova queda atrás el invierno y todo florece como si fuera nuevo.

Dos espacios míticos. Elca, La Drova. Lugares donde poetas amigos elevaron la palabra y la hicieron eterna. De hecho, Josep Piera tradujo al valenciano poemas de nuestro premio Cervantes, demostrando que los idiomas unen y su suma enriquece. La poesía no tiene fronteras y los dos supieron crear una obra que quedará.

Este año se cumplen cinco años de la muerte de Francisco Brines y la vida ha querido que otro grande nos deje. Pero tenemos sus poemas, su ejemplo, sus vidas y esas casas que quedan como testimonio de una existencia plena. Allá donde estén, seguramente, hablarán en un diálogo eterno, porque ambos tendieron puentes, unieron culturas y ayudaron a las nuevas generaciones.

Y nos dejan el mejor legado: la palabra.

Ojalá estemos  a la altura y sepamos seguir su estela. Gracias, Josep, por todo lo que nos dejas. Ya eres eterno como el verso que revive en los labios.

José V. Sala (Poeta)

LA ÚLTIMA COSTA

Había una barcaza, con personajes torvos,
en la orilla dispuesta. La noche de la tierra,
sepultada.
            Y más allá aquel barco, de luces mortecinas,
en donde se apiñaba, con fervor, aunque triste,
un gentío enlutado.
                            Enfrente, aquella bruma
cerrada bajo un cielo sin firmamento ya.
Y una barca esperando, y otras varadas.

Llegábamos exhaustos, con la carne tirante,
algo seca.
Un aire inmóvil, con flecos de humedad,
                                flotaba en el lugar.
Todo estaba dispuesto.
                                  La niebla, aún más cerrada,
exigía partir. Yo tenía los ojos velados por las lágrimas.
Dispusimos los remos desgastados
y como esclavos, mudos,
empujamos aquellas aguas negras.

Mi madre me miraba, muy fija, desde el barco
en el viaje aquel de todos a la niebla.

Francisco Brines


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